you go run and tell your friends I'm losing touch.
Tantas veces tuve las conclusiones que tanto busqué y tantas más se desvanecieron porque todo pasa, como casi todo.
Román López
Hoy envejecí mil años. Me vi a mi misma en la cola de un banco buscando un recibo entre pastillas, papeles y maquillaje en el bolso que alguna vez fue de mi madre, resolviendo problemas de dinero, sacando cuentas de seguros de vida y tarjetas de ahorro mientras la cajera me hablaba de usted al otro lado de la ventanilla. Por enésima vez, sentí el peso de la adultez que se avecina sobre mí como un fardo gris, como una trampa en mis entrañas. Y tengo miedo. Miedo y ganas de enroscarme sobre mi costado hasta que el dolor escape a mí y sea parte del suelo, hasta borrarme los códigos, las responsabilidades y las certezas de un mundo que sólo guarda simulaciones y derrotas. Yo no estoy lista para ser una adulta. Aún estoy lidiando con las uvas amargas de mi niñez, aún espero la locura y la belleza que prometen de la adolescencia los libros que se me amontonan en cajas como ataúdes.
No quiero una biografía de filas en bancos y facturas de rutinas rancias y rencores amarilleando las páginas en las que una vez soñé habría escrito memorias de amor preñadas de referencias cortazarianas y cuerpos desnudos danzando magia en plazas sin hombres predicando en megáfonos, sin mierda de perro, sin golondrinas.
(Pausa. ¿Alguien sabe dónde está el botón rojo que dice abortar y reiniciar? el conteo regresivo al punto en el cual la vida era mas un poema de Benedetti y menos un escrito del Pirata*)
Y a pesar de mí, la extraña del espejo envejece invariablemente hacia la soledad de las noches sin sueños, asistiendo puntual a los ritos inmóviles de quienes renunciaron a su alma porque les era más fácil. Y le sorprende cada día menos aquello que ella solía llamar milagro cotidiano, y la belleza se desluce porque al tocarla descubre las costuras irónicas de lo perfecto. Y si, coño, los hombres son todos unos perros, y si, cada día me voy pareciendo más a mi madre, una maraña de cabello y tetas colgando frente al lavabo, apretando la pasta dental (¡horror!) por la parte de abajo como una vulgar fama, sustituyendo sueños por protocolos mundanos, maquillando un par de ojeras detrás de las cuales hay una mirada de niñadulta que sabe ya el final de todas las historias, aunque prefiera olvidarlas. Hoy, como todos los días, envejecí mil años, pero el mensaje único del 555 (¡oh la la! fidepuntos) me confirma, una vez más, que a nadie le importa.
*http://www.albondicidio.com/



































