martes, marzo 18

el cuervo



Me acerqué un poco.
Ella estaba des espaldas a mí, cantando.
Solo veía su pelo largo, ondulado, hermoso.
Caía por sobre su nuca, cubriendo su espalda.

A nuestro alrededor, todo estaba oscuro.
A lo mejor era de noche. O a lo mejor no.
Quizás es que el negro es un común denominador en mis pesadillas.
Pero ella desprendía una luz,
un resplandor atrayente que me impedía apartar la mirada,
haciéndome olvidar mi miedo, mi hambre, mi frío.
Estaba perdida en ese laberinto,
y quizás ella estaba perdida conmigo.

Hubiese podido pasar una eternidad allí, de pie, observándola.
Prendida en el vaivén de sus dedos por su pelo
Escuchándola cantar en el idioma secreto de lo imposible.

Me acerqué más a esa fantasía, ese sueño,
esa ninfa de piel alba, cabellos de sangre y voz hipnótica.
Estaba a unos pocos centímetros de mí.
Podía ver las pecas de su piel, el brillo rojo de su pelo de cobre.

Cantaba y no se percataba de mi presencia.
Mire sobre su hombro.
En la mano izquierda sostenía un ave negra.
La rodeé. Estaba desnuda, vestida tan solo de los cabellos que moría por acariciar.
Vi su rostro, y di un respingo.
Sobre unos pómulos blancos,
dos cuencas de sangre.
Sus ojos, sus ojos,
el cuervo se los había comido.

Ella seguía cantando.

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