lunes, marzo 17

el ángel




Estaba sola,

sola frente a ese ángel-niño,Frente a ese ángel-piedra.

Bucles de rojos en torno a un rostro albo,

Rizos de sangre, rostro de efigie.

Lo odié desde el primer momento.

Lo odié y lo maldije por que en su dulzura de niño,

en su inocencia de virgen, era perfecto.

Era lo que unos llaman Bendecidos, elegidos de Dios,

un ser de Luz nacido para el bien, para sentarse a los pies del Padre, para morar con Él en lo Eterno.

Grité, rasgué mis vestidos, mordí mis labios, bebí mi sangre.

¿por qué él, Padre? ¿Por qué él y no yo?

Entre todos tus hijos, ¿por qué yo no?

El Ángel no se inmutaba.

Me miraba con sus ojos de cristal mientras lloraba.

Me tendía la mano, intentaba consolar mi corazón.

Yo, debí ser yo tu elegida Señor. No él.

No él con sus rizos de sangre, su rostro de efigie.

Me acerqué y le hablé, Señor.

Le dije todo lo que no le cuentas a tus Elegidos.

Le hable de la guerra, del hambre, del frío.

Le hable de las desgracias en la tierra,

De la muerte y el sexo, de música y de vino.

Le conté de placeres más dulces y de castigos más amargos.

Le susurré al oído ritos y magia y sangre y lujuria

Hable del pecado, Padre, del pecado y de la carne.

Hable de la serpiente emplumada, del dragón, del fuego.

De paraísos exóticos que él nunca conocería.

El me miró, sonrió. Pero nadie, ni aún tus Ángeles, Dios, son incorrompibles.

Porque tú nos hiciste así, libres, crueles.
A tu imagen y semejanza.

El me miró, y en sus ojos ví la duda, ví el deseo.

Entonces, sucedió.

Abrió su boca de Ángel, su boca pura, La boca que sólo sabía cantar alabanzas a tu nombre, Señor, fue lo que lo mató.

La abrió y mil hormigas lo devoraron.

Salieron de sus entrañas, Dios Padre, salieron y se lo comieron.

Le devoraron los ojos, se comieron su carne.

Tú lo mataste, Señor. Mataste a tu Ángel.

Lo hiciste de la misma manera en que mataste a tu Hijo en el Calvario.

Lo mataste con tu indiferencia.El gritó tu nombre, cuando aún tenía fuerzas.

Pero en tu sacra indolencia no hiciste nada.

Cierto, tú lo mataste.

Pero yo le arranqué las alas.

Se las arranqué, y manchadas de sangre, las besé.

Eran mías, mías ahora.

Yo me las merecía, yo y no él, con sus rizos de sangre y su rostro de efigie.
Yo, la mejor de tus hijas Señor, merecía las alas.








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