miércoles, noviembre 11

El que es.


Yo, que nunca he pertenecido a ningún lado y todo a lo que me supedito es por el exclusivo azar de unas circunstancias que sólo la costumbre me hace aceptar como mías, pertenecí a él. Y su color se convirtió en mi única bandera, porque a medida que su piel se abría para mí, a medida que jugábamos al amor y todavía creía que su humanidad no iba cambiar nunca y para siempre el ritmo de mis latidos, me crecía la certeza de que todo lo que él era, aunque suene absurdo, existía dormido en mí a priori, como si mi capacidad de amar hubiese sido hecha especialmente para él y ningún otro. Y lo amé coño con la fuerza con que sólo se puede amar lo que se conoce como yo conocí a ese hombre, en la calma de unos días que se iban golosos en una cama que, a fuerza de repetición, se aprendió el contorno de mi cuerpo al mismo ritmo en el que mi mundo se curvó para abrazar el suyo. Ese hombre era mi hogar y era mi patria, aunque el resto del mundo tenga definiciones totalmente diferentes para esas dos cosas. Yo amé su geografía y sus silencios, su arrojo al embestirme las caderas. Me aprendí su historia como un padrenuestro y me di permiso a mi misma para ser débil y ser feliz, balanceándome como una niña entre lo que de él me era tan familiar y la maravilla de los misterios pulsantes que lo hacían un hombre vivo, como un volcán, como cualquier otro hombre. Y até cada circunstancia, perspectiva, tono de luz, cada semáforo y cada esquina a su presencia, y así Santo Domingo se me creció adentro como una continuación latiente de su piel, cuya belleza me duele y me jode recordándome ahora, hasta la asfixia, lo que fue y lo que pudo haber sido.
Y tal, el decidió ponerme en desalojo entre explicaciones vagas, me arrancó de cuajo de la calma de un Santo Domingo que se florecía en luz con su presencia y me lanzó hueca a una ciudad-recuerdo áspera y minada. Volví a ser una extraña a pesar de mi, exiliada para siempre en la noria de unos labios que ya olvidaron recordarme.
Entonces, Pirata, como que duele volver a ser una outsider cuando ya sabes lo que hay adentro; duele aunque sepas que no pertenecer también tiene sus ventajas. Y ya ves, se me suicidaron los misterios pero me quedaron los cadáveres de las respuestas, reventandose hediondos y yo sin ganas para enterrarlos.
imagen: http://www.guerriniisland.com

2 comentarios:

Layza Sierra dijo...

been there. Done that

Anónimo dijo...

!!! gracias