Todos los asientos ocupados, todos los barrotes con manos atadas. El metro está lleno; nosotros vacíos. O al menos yo. Pero estoy adentro y la carne de piedra de la única ciudad que conozco me envuelve como un útero o una jaula. Yo soy la hija de Santo Domingo, el resultado de sus paradojas y de esa manera absurda y tropical que tiene de lamerse las heridas. Mis ojos se acostumbraron a su belleza, o a falta de algo más, se la inventaron. Porque admito entre la basura y en los rostros policromos de mis iguales universos secretos es que más de una vez me han tildado de maldita loca. Me dejo llevar de los excesos del verde y el azul casi gris y cuando el olor de las guayabas comienza a marear a los atardeceres calientes del malecón, y estoy sola con ese último cigarrillo y hombres muy negros me venden helados y dulces con la voz de su cuello en cualquier lugar, para delicia de mi nostalgia, entonces, mi ciudad sucia, fea y ruidosa, es el paraíso agridulce donde coexisto casi feliz con heridas y raíces.
El tren poco a poco se vacía, pero a diferencia de mí, está acostumbrado. Ahora el tren y yo somos iguales, hijos modelos de Santo Domingo: casi huecos, tenemos unas cuantas personitas adentro que esperan con la mirada perdida por ese último andén que parece no llega nunca.

3 déjame un comentario/ déjame una aceituna:
"Mi ciudad sucia, fea y ruidosa, es el paraíso agridulce donde coexisto casi feliz con heridas y raíces." ::)
Sutil, muy sutil.
es que yo las saboreo, cada una de las palabras. interesantisimo y tristisimo como siempre.
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