viernes, marzo 25

Un plan para Chris.


Yo perdí la costumbre de hacer planes. En mi diccionario personal,  un plan no es otra cosa que el panegírico de un fracaso, una sonrisa que se rompe antes de concretizarse, el abismo de lo que puede ser, el miedo a la divergencia de la verdad y el sueño, al contraste entre lo que imaginas y lo que acontece.

En esta locura, esta excitación pueril que se llama amor y se llama fuego y se llama Chris,  reconozco en el incendio mis pupilas, el antiguo rostro de la niña que fui, esa que ansiaba otras realidades mientras el monstruo viscoso de la cotidianidad corría despacio por debajo los umbrales de las puertas, espantando todo lo que conjuraba; la niña que dejó de serlo cuando entendió, sorbiéndose unos mocos mustios, que el pragmatismo era mejor consejero que el ensueño. Y así me hice esperando el devenir con la mirada blanca, porque el futuro era un carrusel donde lo bueno y lo peor daban tumbos azarosos y siempre había una eventualidad asechando los descuidos.

Pero heme aquí ahora, pero heme aquí, ahora: tengo un plan, una idea de futuro, un universo latiendo en el calendario, un adelanto de la risa, a quick glimpse del disfrute del porvenir, del placer por venir debajo de un mosquitero, debajo de tus piernas largas, de tu nuca perfecta. Que venga el tiempo y se lleve las hojas estáticas que marcan los días, que venga abril y me lleve a dónde estás, a tu piel que es mi otra casa. Que llegue la hora que espero y se acorte entre los dos la geografía hasta que la distancia entre tu boca y mi espalda se mida en granos de arena o en pliegues de una sábana, en microsegundos luz, en sombras de manos, en ecos de risa. Yo tengo un plan y tengo un amor y tengo tu nombre, que es lo mismo que decir, yo tengo tu nombre. 

3 comentarios:

Martin Minaya dijo...

Genial!

Anónimo dijo...

Wow! Me mató!

Chris dijo...

Did I already say I love you? I love you.